Abres el móvil por la mañana y ahí está otra vez: un titular sobre incendios, sequías, una especie más que desaparece, un récord de calor que vuelve a romperse. Y notas que algo, por dentro, se encoge. La mayoría hacemos casi sin darnos cuenta el mismo gesto: pasamos página. No por frialdad, ni porque no nos importe. Pasamos página porque mirar de frente algo tan grande, uno solo, resulta sencillamente insoportable.
Conviene decirlo con claridad: esa tendencia a apartar la vista no es un defecto tuyo. Es lo que casi todos aprendimos a hacer cuando, de pequeños, nos topábamos con un problema demasiado grande para nuestras manos. Mirábamos alrededor esperando que alguien hiciera algo, y muchas veces nadie lo hacía. Intentábamos cambiar las cosas y no funcionaba. Y poco a poco se nos fue instalando una conclusión silenciosa: «esto me queda grande, mejor no mirar». Esa vieja sensación de impotencia sigue ahí, agazapada, y se enciende justo cuando aparece una noticia que nos sobrepasa.
Lo que ocurre entonces es que nos conformamos. Nos decimos «yo voy tirando, todavía puedo disfrutar de muchas cosas sin meterme en ese pozo». Y es verdad a medias. Porque conformarse tiene un precio: dejamos que el miedo decida por nosotros y renunciamos, sin querer, a una vida más plena y a una cabeza más despierta. Nos quedamos pequeños frente a algo que pide que estemos enteros.
Pero hay otra manera, y es más sencilla de lo que parece. Las cosas difíciles se pueden mirar de frente cuando no las miramos en soledad. Hay quien ha probado a reunirse con otras personas, llenar las paredes de información incómoda y mirarla juntas, en vez de cada cual por su lado escondiéndose de los titulares. Y descubre algo casi mágico: lo que a solas aplastaba, acompañado se puede sostener. Aparece el miedo, sí, pero también las ganas de pensar qué hacer.
Y aquí entra algo que tu cuerpo sabe hacer de maravilla, aunque hayamos aprendido a frenarlo desde muy pronto. Tenemos válvulas naturales para soltar la tensión que se nos acumula cuando algo nos desborda: llorar, reír, temblar, bostezar. No son señales de debilidad; son los mecanismos con los que el organismo descarga el peso y recupera el equilibrio. Cuando nos damos permiso para soltar ese miedo —en un espacio seguro, junto a alguien de confianza—, la mala noticia deja de paralizarnos. Sigue siendo grave, claro, pero ya no nos arrastra al fondo. Y, libre del peso, la cabeza vuelve a funcionar.
Porque ese es el verdadero objetivo: volver a pensar con frescura. La impotencia nos convence de que ya está todo decidido, de que no hay nada que hacer. Y es mentira. Cuando soltamos el miedo viejo y nos sentimos acompañados, empiezan a aparecer ideas nuevas, posibilidades que antes ni veíamos, pequeñas acciones que sí están a nuestro alcance. No hace falta tener el plan perfecto ni la solución completa; basta con recuperar la confianza de que lo que pensamos y lo que hacemos importa.
Y hay un detalle que lo cambia todo: nada de esto se hace en solitario. La fuerza no nace de apretar los dientes uno mismo, sino de los vínculos. Es el cariño por las personas que tenemos cerca lo que nos permite mirar, día tras día, aquello que duele. Necesitar a los demás no es una flaqueza que haya que esconder; es, probablemente, la condición para tener la vida que queremos y para hacer el bien que queremos hacer.
Así que la próxima vez que un titular te encoja el estómago, prueba a no apartar la vista del todo tú solo. Cuéntaselo a alguien. Deja que el cuerpo suelte lo que necesite soltar. Y recuerda que vivimos un momento extraordinario: pocas generaciones han tenido la oportunidad de influir de verdad en hacia dónde va el mundo. No es una carga; es, mirado de otro modo, un privilegio enorme. Estás vivo justo cuando lo que hagamos cuenta de verdad. Y no estás solo para sostenerlo.
La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, salga como salga. — Václav Havel


