Estamos esperando algo que no va a llegar: que las cosas se arreglen ahí fuera lo bastante como para poder dejar de sentirnos mal aquí dentro. Un contrato algo más estable, un alquiler que no se lleve medio sueldo, unos informativos algo menos duros, y entonces sí, entonces uno se pondría a vivir con ganas. Conviene decirlo pronto, porque ahorra años de cansancio: esa espera no es la cura del desánimo, es su combustible.
El desánimo casi nunca se presenta como lo que es. Llega con aire de conclusión razonable, con la voz tranquila de quien ya ha visto bastante. Te dice que has hecho lo que has podido, que a estas alturas hay que ser realista, que bastante tiene uno con lo suyo. Y cuesta discutirle, entre otras cosas porque una parte de lo que dice es verdad. Ese es su mejor disfraz: mientras dura, uno no cree estar desanimado, cree estar por fin viendo las cosas como son.
Debajo suele haber una historia más larga. Alguien que intentó algo —en su barrio, en su trabajo, en su casa— y se cansó de empujar una puerta que no se movía, hasta que un día decidió que la puerta no existía. Y hay un detalle que acompaña a ese recorrido y que casi siempre pasa desapercibido: se cocina a solas. No necesariamente en una habitación vacía, sino a puerta cerrada por dentro, con la convicción añadida de que debe seguir cerrada, porque los líos de uno son cosa de uno.
Merece la pena detenerse ahí, porque es la pieza que más pesa de todo el asunto. Lo que hace creíble el desánimo es la soledad con que se lleva. Los mismos hechos —que alguien esté molesto contigo, que hayas metido la pata, que un proyecto se haya caído— tienen un tamaño cuando los rumias por dentro y otro muy distinto cuando se los cuentas a alguien que no se asusta y no tiene prisa por arreglarte. No cambian los hechos. Cambia que dejas de estar solo dentro de ellos, y ahí ya se puede pensar.
Ahora bien, sería injusto dejarlo en un asunto de carácter, como si desanimarse fuera un fallo personal de quien no ha sabido gestionarse. Buena parte de este cansancio viene de fuera. Vivimos en una sociedad que no está organizada para volverse amable por su cuenta, y que además nos promete continuamente que lo hará: un poco más de estabilidad, un poco más de tranquilidad, un poco más de todo. Quien lo entiende pero sigue esperando que el malestar se le pase cuando las cosas mejoren, acaba agotado y en silencio. No por debilidad, sino porque ha puesto su ánimo a depender de algo que no está en su mano.
A eso se añade una manera muy concreta de organizarnos la vida. Se nos empuja a replegarnos a la unidad pequeña —la pareja, la familia, los cuatro de siempre— y a pelear ahí dentro la supervivencia, cada cual en su piso, como si cada casa fuera una pequeña empresa que debe salir adelante por sus propios medios. Es un reparto que garantiza el aislamiento incluso a quien está rodeado de gente. Y el aislamiento, ya lo hemos visto, es exactamente lo que le da al desánimo su apariencia de verdad.
Hay además un desánimo particular, el de quien alguna vez empujó de verdad. Hubo una época en la que mucha gente lo hizo convencida de que aquello se resolvía en unos pocos años si se apretaba fuerte. Se apretó fuerte, algunas cosas se movieron y otras volvieron después a su sitio. De aquella decepción casi nadie habló luego, y lo que no se habla no se deshace: se queda dentro, convertido en una conclusión sobre el mundo que suena mucho más sensata de lo que es. Por eso, cuando alguien dice «esto no tiene arreglo», hay dos cosas mezcladas. Una es un análisis, y puede discutirse. La otra es una decepción sin elaborar, y esa no se discute: se atiende.
¿Y cómo se atiende? Empezando por lo que menos apetece cuando uno está así: romper el aislamiento antes de sentirse con fuerzas para hacerlo. Contar en voz alta lo que se lleva rumiando, no para que nadie dé la respuesta, sino porque casi todo lo que parecía enorme recupera su tamaño al salir de la propia cabeza. Aquí el cuerpo ayuda más de lo que se le reconoce: llorar, reír, temblar o bostezar son maneras que tiene de soltar la tensión acumulada y volver a su sitio. Entendida así, la gestión emocional no consiste en controlar lo que se siente ni en taparlo con calma fingida, sino en devolverle al cuerpo la libertad de soltar aquello que carga.
La segunda propuesta es más exigente y se enuncia rápido: hacen falta unas cuantas personas con las que exista un compromiso explícito de ir a buscarse. Gente que no te dé por perdido porque estés dolido, y a la que tú tampoco des por perdida. Suena excesivo hasta que uno recuerda cuántas relaciones se han apagado sin ruido —una mudanza, un enfado que nadie reparó, un hilo que se soltó porque la vida iba llena— y cuánto pesan esas ausencias sumadas. Perder gente desanima como pocas cosas, y venimos perdiéndola desde el colegio sin que nadie nos ayudara a elaborarlo.
Y la tercera es un permiso: dejar de exigirse ver el final. Mucha de la desesperación de quien quiere que las cosas cambien viene del miedo a que no ocurra si no lo hace uno mismo y en su propia vida. Nada de lo que merece la pena depende de una sola cabeza; lo que aprendemos y nos contamos sigue circulando mucho después de nosotros. Soltar esa exigencia no desmoviliza a nadie: quita de encima una carga que impedía sostener el paso.
Lo que cambia al mirarlo así es sobre todo una cosa: se deja de usar el estado de ánimo como informe sobre el mundo. Los sentimientos son pésimos consejeros sobre cuándo empezar, y esperar a que se pasen suele dejarnos quietos para siempre. Si estás vivo y puedes pensar, no te falta ningún ingrediente para dar un paso, aunque ese día no te acompañe el ánimo. Empezar no exige sentirse bien; exige, casi siempre, no estar solo.
El desánimo no miente sobre el mundo: miente sobre nosotros. Dice que estamos solos en esto, y esa es la única parte que podemos desmentir hoy mismo.


